APUNTES PRE-ANTON Precedentes: A lo largo del siglo XVIII y XIX, la Idea de Progreso adquirió una centralidad fundamental en el pensamiento histórico europeo. Sin embargo, esta noción no fue homogénea, sino que adoptó matices distintos en función de los contextos nacionales e intelectuales. En Francia, el pensamiento ilustrado encontró en figuras como Voltaire un ejemplo paradigmático de la interpretación laica y racional del progreso histórico. Los philosophes franceses concebían la historia como una línea ascendente hacia la emancipación de la razón, el conocimiento y la libertad frente a las tinieblas del fanatismo y la superstición. En Inglaterra, el racionalismo de autores como David Hume, Adam Smith o Edward Gibbon también contribuyó a una visión progresiva de la historia, aunque más centrada en la experiencia empírica, la economía política y la crítica del pasado imperial y religioso. Por su parte, en Alemania, la noción de progreso adquirió un cariz filosófico más sistemático con Hegel, quien interpretó la historia como un proceso dialéctico de realización del Espíritu, en el que cada etapa superaba a la anterior en una espiral ascendente hacia la libertad y la razón absoluta. Esta concepción ofrecía a Europa el papel de faro civilizador, guía del desarrollo humano en una historia concebida como lineal, racional y predecible. En ese mismo contexto, el auge de los Estados-nación fue acompañado por un uso estratégico de la historia como herramienta legitimadora. Desde las reflexiones de Herder, la búsqueda de una identidad nacional basada en el pasado común llevó a historiadores y juristas, como Friedrich von Savigny, a excavar las raíces culturales y jurídicas de sus respectivos pueblos, inaugurando así un vínculo duradero —y a menudo conflictivo— entre historia y nacionalismo. En Alemania, esta tendencia cristalizó a comienzos del siglo XIX en el nacimiento de la moderna ciencia histórica, marcada por la combinación de tradición filosófica y erudición documental. La escuela jurídica de Gotinga, por ejemplo, sentó las bases para la formulación del concepto de Volksgeist (espíritu del pueblo), convirtiendo la historia en reflejo de un alma nacional. El siglo XIX estuvo también marcado por la consolidación del historicismo, corriente fundada por Barthold Niebuhr y perfeccionada por Leopold von Ranke. Este último formuló el célebre ideal de narrar el pasado "tal como realmente sucedió", abogando por un método crítico y documental que situaba al Estado y sus dirigentes como protagonistas del devenir histórico. Este enfoque aspiraba a una objetividad absoluta, basada en el análisis riguroso de fuentes escritas, y reforzó una concepción de la historia centrada exclusivamente en los hechos políticos, diplomáticos y militares. La influencia del positivismo reforzó esta visión empirista de la historia. La figura del historiador se redujo a la de un cronista fiel de los hechos, excluyendo cualquier atisbo de subjetividad. Los documentos eran tratados como vestigios indiscutibles, cuya mera acumulación permitiría reconstruir una imagen objetiva del pasado. Esta concepción también implicaba una visión particularista del hecho histórico: cada acontecimiento era único, intransferible, irrepetible, y solo podía ser comprendido en su propio contexto, sin someterlo a leyes universales. En Francia, la Escuela Metódica, representada por Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos, prolongó la ortodoxia positivista, defendiendo el carácter científico de la historia mediante la crítica de fuentes y el estudio exclusivo de los grandes hechos políticos. En 1 Alemania, Theodor Mommsen destacó como heredero de la tradición rankeana, aunque introdujo una dimensión política más explícita. Su monumental Historia de Roma, repleta de textos jurídicos y epigráficos, buscaba paralelismos con la Prusia contemporánea. Del mismo modo, Heinrich von Treitschke abandonó cualquier pretensión de imparcialidad, afirmando abiertamente que su trabajo histórico debía estar al servicio del Estado alemán. Sin embargo, la catástrofe de la Primera Guerra Mundial provocó una crisis profunda en este paradigma. La visión eurocéntrica del progreso fue duramente cuestionada y emergieron nuevas corrientes historiográficas más sensibles a las estructuras sociales y económicas que condicionaban el comportamiento humano. Así nació la historia económica y social, que reaccionó contra la historia de las élites políticas, y propuso una mirada más inclusiva sobre los actores colectivos. La historia económica introdujo métodos cuantitativos y análisis de fenómenos como el trabajo o los precios, desafiando la idea de la irrepetibilidad de los hechos. Al mismo tiempo, sociólogos como Émile Durkheim (1858-1917) y Max Weber (1864-1920) aportaron herramientas teóricas fundamentales. Durkheim subrayó la importancia de las normas sociales y la religión como elementos estructurantes del orden social, observando que las sociedades tienen una estructura interna. Mientras, Weber relacionó la ética protestante con el desarrollo del capitalismo moderno (La ética protestante y el espíritu del capitalismo), explorando el papel de la religión en el desarrollo económico de las sociedades. La historia, en consecuencia, comenzó a abrirse a la sociología, la antropología y otras disciplinas. En este contexto de renovación, surgieron las llamadas "morfologías históricas", como las propuestas por Oswald Spengler (1880-1936) y Arnold Toynbee (1889-1975). Frente a la linealidad del progreso ilustrado, ofrecieron visiones cíclicas y comparativas del devenir histórico, centradas en el auge y caída de civilizaciones. El primero propuso una visión cíclica de la historia, en la que cada cultura nace, crece, florece y declina (decadencia de Occidente) como un organismo, sin demasiado éxito. Es una reacción a la visión lineal del historicismo y del progreso. El segundo analiza el auge y la caída de civilizaciones, identificando patrones de desafío y respuesta a lo largo de la historia. La Escuela de los Annales: Pero sin duda, la revolución más profunda llegó con la Escuela de los Annales, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1929. Ambos coincidieron en Estrasburgo. Estos historiadores rompieron con la tradición de la historia política para proponer un enfoque global, interdisciplinario y atento a las mentalidades colectivas. Reivindicaron el estudio de las estructuras económicas, sociales y culturales, así como el uso de fuentes no textuales. Desde dentro de la academia empezaron a plantear un cambio de paradigma. Marc Bloch era medievalista. Judio, miembro de la resistencia francesa, asesinado por la Gestapo. Sus obras principales son: Reyes y Siervos (1920) y Los Reyes Taumaturgos (1924). Demostró cómo los sistemas de creencias podían ser instrumentos políticos. Lucien Febvre era modernista. Sobrevive a la IIGM. Sus obras principales son: Felipe II y el Franco-Condado (1912) y El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais (1942). Esta último es una obra desde el punto de vista de las mentalidades. Analizó el impacto de la geografía y la mentalidad. Principios metodológicos de la Escuela de Annales: 2 • Ampliación del ámbito de estudio de la historia: no solo a los grandes hombres, sino de todos los individuos, grupos y colectividades. • Interdisciplinariedad. Se integran conceptos tomados de la sociología, la economía y la geografía. ¿Historia como ciencia social global? • Estudio global del contexto social, económico, político, cultural y de las mentalidades de la época en que están inmersos los personajes que analiza. • La historia no pretende juzgar, describir o enumerar, sino reconstruir el proceso histórico para comprenderlo en su totalidad. • La historia debe tener una orientación utilitarista. El historiador debe estudiar el pasado en función de los problemas que preocupan a los hombres de su tiempo. para contribuir a su resolución. La segunda generación de Annales: No era escuela hasta un momento posterior de la IIGM. La sede cambia de Estrasburgo a París y la revista cambia de nombre. Esta guerra fue un trauma para la escuela. Es ahora cuando Annales se convierte en una escuela. Apogeo de la revista, leída fuera del ámbito francés. Esta segunda generación fue liderada por Fernand Braudel (1902- 1985). Este nació en el norte de Francia en 1902. Estudió en la Sorbona en los años 20. Tenía como deseo ser profesor de secundaria en su pueblo. Es trasladado a Argelia, lo que le cambia la vida. Combate en la IIGM y es llevado a un campo de trabajo en 1940 (durante 4-5 años). Tras la guerra, regresa a París donde ejerce como profesor de Historia con Lucien Febvre. Desarrolla su tesis El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, que había empezado en los años 20s y que termina tras la IIGM. El Mediterráneo le impacta e influye en gran medida. Profundizó el enfoque estructural (dado que se estaba dando el desarrollo del estructuralismo), proponiendo una “historia total” que combinaba economía, geografía y sociedad. Influenciado por el antropólogo Levy-Strauss, padre del estructuralismo. Introdujo la noción de los tres tiempos históricos: • • • Corta duración: asociada a la historia episódica. Sería el tiempo de la historia política, factual, de los acontecimientos, a la medida de los individuos. Media duración: asociada a la historia coyuntural, se corresponde con los ciclos socioeconómicos. Larga duración (longue durée): asociada a la historia estructural, hace referencia al ritmo casi inmovil del “tiempo geográfico”. Braudel ofreció así una alternativa poderosa al positivismo y al marxismo, promoviendo una historiografía más integradora, científica y útil para comprender el presente. Ha sido fuertemente criticado por su determinismo. A pesar de esto, su impacto es enorme. Materialismo histórico: La historiografía marxista constituye una de las corrientes historiográficas más influyentes del siglo XX, junto con la de Annales. Su origen se sitúa en un contexto histórico marcado por 3 profundas transformaciones económicas, sociales y políticas: la industrialización, los movimientos migratorios, la disgregación de las comunidades rurales tradicionales, el auge de la miseria urbana y la aparición de una nueva clase social, el proletariado. Frente al historicismo dominante en la Europa del siglo XIX, que priorizaba el relato político-diplomático y la historia de las élites, el marxismo propuso una filosofía de la historia centrada en las condiciones materiales de la existencia y en la estructura socioeconómica de las sociedades. El pensamiento marxista se articula en torno al concepto de materialismo histórico, que analiza la historia a partir de las necesidades básicas de la vida humana y del modo en que los seres humanos organizan la producción y reproducción de su existencia. Las fuerzas productivas — divididas en materiales (fuentes de energía, materias primas, técnicas, etc.) y humanas (relaciones sociales de producción)— constituyen la base o infraestructura económica de la sociedad. Esta infraestructura sostiene y determina la superestructura, conformada por el sistema político, ideológico, jurídico y cultural. El eje del análisis histórico marxista es el cambio en los modos de producción, que se entienden como combinaciones específicas de fuerzas productivas y relaciones sociales. Marx identificó varios grandes modos de producción históricos: el asiático (como en el Egipto faraónico o el Imperio inca), el esclavista (Grecia y Roma), el feudal (Europa medieval), el capitalista (Europa desde la Revolución Industrial) y, como objetivo teórico, el comunista. Cada transición de un modo de producción a otro está marcada por conflictos sociales y contradicciones internas, cuyo motor es la lucha de clases. Para Marx, la ideología no es autónoma ni neutral, sino que está condicionada por las relaciones económicas: “la conciencia no determina la vida, sino la vida la conciencia”. Las expresiones culturales —literatura, arte, religión o filosofía— son reflejo de las condiciones materiales, aunque también pueden actuar como elementos activos en el proceso histórico. Así, el marxismo defiende un papel activo del ser humano en la historia, especialmente del proletariado, que tiene la capacidad y la necesidad de transformar la realidad mediante la revolución. La obra El Capital constituye el análisis más profundo del modo de producción capitalista, caracterizado por la relación antagónica entre la burguesía, propietaria de los medios de producción, y el proletariado, obligado a vender su fuerza de trabajo. La explotación de la clase trabajadora por parte de la clase capitalista —que se apropia de la plusvalía generada— es la base de la lucha de clases en el sistema capitalista. Aunque el pensamiento marxista tuvo escasa influencia en la historiografía académica del siglo XIX, dominada por el enfoque político y positivista, comenzó a cobrar relevancia tras la Primera Guerra Mundial, especialmente tras la Revolución rusa de 1917. Autores como Jean Jaurès en Francia fueron pioneros en aplicar sus principios. Sin embargo, con la muerte de Engels, el marxismo fue simplificado en muchas corrientes en lo que se denominó marxismo científico o economicismo, reduciendo su complejidad a un esquema rígido de leyes históricas y priorizando los factores económicos en detrimento de lo político y lo cultural. En la Unión Soviética, Lenin revitalizó el marxismo como método de análisis histórico y herramienta para la acción política revolucionaria. Tras su muerte, Stalin impuso el llamado marxismo-leninismo, una reinterpretación dogmática y rígida del pensamiento marxista utilizada para justificar la dictadura del partido único. El estalinismo convirtió el materialismo histórico en una supuesta ciencia exacta, con leyes capaces de prever el futuro, y utilizó la historia de forma instrumental, adaptándola a las necesidades ideológicas del régimen. 4 Durante el período de entreguerras surgieron importantes críticas al determinismo económico y al cientificismo soviético. Autores como Antonio Gramsci o Georg Lukács defendieron una relectura del marxismo que diera mayor importancia a la superestructura y a la conciencia de clase. Gramsci (1891-1937), en sus Cuadernos de la cárcel, introdujo el concepto de hegemonía, entendida como forma en que las clases dominantes mantienen su poder no solo a través de la coerción, sino también a través del consenso. También forja la idea de clases subalternas, que son los grupos sociales subordinados al poder hegemónico, siendo un concepto más dinámico y heterogéneo. Las clases subalternas no son pasivas, pueden desaforar la hegemonía cultural. Crítica al marxismo cientificista por su falseamiento de la realidad histórica, defendiendo que el punto de partida debe de ser el análisis de la realidad concreta, no adaptando la realidad a la teoría. Frente a una visión mecánica de la relación entre economía e ideología, defendía la importancia de los factores ideológicos (superestructura). También Walter Benjamin, en sus Tesis sobre la historia (1942), cuestionó el progreso lineal y propuso una historia fragmentaria, atenta a las rupturas y a los momentos de posibilidad revolucionaria frustrada. Su enfoque, próximo a un marxismo humanista, abrió la vía a interpretaciones más abiertas y culturales del marxismo. En la segunda mitad del siglo XX, la historiografía marxista vivió un auge significativo en Gran Bretaña y Francia. En el ámbito anglosajón, surgió un marxismo “culturalista” o “humanista”, que se alejaba del determinismo estructural y recuperaba el protagonismo de los individuos y de la cultura popular en el proceso histórico. Figuras como E. P. Thompson, Christopher Hill, Rodney Hilton o Eric Hobsbawm renovaron la historiografía con estudios centrados en las experiencias concretas de las clases trabajadoras. Thompson, en La formación de la clase obrera en Inglaterra, redefinió los conceptos de clase y lucha de clases no como categorías fijas, sino como construcciones históricas surgidas de vivencias compartidas. Reivindicó la agencia de los trabajadores y su capacidad para resistir y crear nuevas formas de identidad y cultura política. Estos historiadores impulsaron la llamada historia desde abajo, centrada en las clases populares, y publicaron sus trabajos en revistas como Past & Present, abierta también a colaboraciones multidisciplinares. Su obra supuso una ruptura con el marxismo estructuralista de Louis Althusser, que defendía un marxismo científico, alejado de la experiencia individual. En Francia, autores como Albert Soboul, Pierre Vilar, François Simiand o Ernest Labrousse desarrollaron una historiografía marxista con un fuerte componente económico y social. Labrousse, en particular, analizó los movimientos de precios y salarios en el Antiguo Régimen y la Revolución francesa, identificando las crisis cíclicas de subsistencia como factores clave de la movilización popular. Su enfoque de largo plazo influyó notablemente en la escuela de los Annales, especialmente en Fernand Braudel. Tercera generación de la Escuela de los Annales: La tercera generación de la Escuela de los Annales se consolida a partir de la década de 1970, coincidiendo con la retirada de Fernand Braudel, figura central de la segunda generación. Este relevo generacional no supuso una ruptura con el pasado, sino una evolución que, manteniendo algunos de los principios fundamentales de la escuela, introdujo nuevos enfoques, objetos de estudio y metodologías. Esta etapa está marcada por una mayor apertura hacia temas hasta entonces considerados marginales dentro de la disciplina histórica, como la vida cotidiana, las actitudes colectivas, las prácticas culturales o las representaciones simbólicas. En este sentido, se retomaron y desarrollaron algunos de los planteamientos de Lucien Febvre, particularmente 5 su interés por las mentalidades y la historia afectiva de los pueblos, lo que derivó en una corriente que fue bautizada como la Nouvelle Histoire (Nueva Historia). La Nouvelle Histoire proponía un giro metodológico que, si bien no abandonaba completamente la perspectiva estructural de la longue durée formulada por Braudel, sí abría espacio para una historia más próxima al individuo, a los grupos sociales concretos y a las experiencias particulares. Esta tendencia significó un paso importante desde una historia dominada por las grandes estructuras económicas y sociales hacia una historia más atenta a los aspectos cotidianos, subjetivos e incluso íntimos de la experiencia humana. Se pasó así de la macrohistoria a la microhistoria, en un intento por comprender la complejidad del pasado desde una escala reducida pero profundamente significativa. El contexto histórico e intelectual en el que emerge esta tercera generación fue especialmente dinámico y convulso. La década de los setenta estuvo marcada por profundos cambios sociales, políticos y culturales. La Guerra Fría mantenía una elevada tensión internacional, mientras que, en el interior de los países occidentales, especialmente en Europa y América Latina, se vivía un periodo de intensificación de los movimientos sociales. Protestas estudiantiles, luchas obreras, el feminismo, el ecologismo y otras formas de movilización ciudadana cuestionaban las estructuras de poder y conocimiento tradicionales. Dentro de este clima de efervescencia social e intelectual, la historiografía también se vio interpelada a renovar sus métodos y objetos de análisis. Un hito importante en este proceso fue el llamado Festival de Woodstock, celebrado entre 1968 y 1978, que sirvió como punto de encuentro para una serie de corrientes intelectuales alternativas. Este evento representó simbólicamente una ruptura con las formas convencionales de hacer historia y evidenció la existencia de una contracultura historiográfica que buscaba desafiar el statu quo académico. La historia dejó de centrarse exclusivamente en los grandes personajes, los eventos políticos o los ciclos económicos para prestar atención a las voces silenciadas, a las prácticas populares, a la cultura material, y a los modos de vida de los sectores subalternos. Asimismo, este período se caracterizó por la crisis de los grandes paradigmas en las ciencias sociales y humanas. Las teorías totalizantes, que pretendían explicar la totalidad de la realidad a partir de modelos estructurales fijos (como el marxismo ortodoxo, el funcionalismo estructural o la propia historia serial), comenzaron a ser puestas en duda. En el ámbito historiográfico, esta crisis dio lugar a una pluralidad de enfoques y escuelas, donde la historia cultural, la historia oral, la historia del cuerpo, la historia de las emociones y la microhistoria ocuparon un lugar destacado. Esta diversificación metodológica se tradujo también en una apertura hacia otras disciplinas, como la antropología, la sociología, la lingüística o la psicología, lo que enriqueció el análisis histórico con herramientas interdisciplinarias. LA CRISIS DE LOS GRANDES PARADIGMAS (apuntes Antón) ¿Cómo influye toda la crisis ideológica de finales de los 60 y los 70? Posmodernismos, retorno de la narrativa, giro lingüístico y la microhistoria. La posmodernidad va a afectar a todas las ciencias humanas y sociales, surgiendo como reacción contra el determinismo histórico, el cual se aleja del estudio humano para estudiar las grandes estructuras sociales. 6 El término no empieza a usarse en esos últimos años de los 60, sino que se asentara en los 80 gracias al trabajo de Jean-François Lyotard, filósofo francés que en 1979 publicó La condición posmoderna, acuñando el término y definiéndolo como “la guerra al todo”. Hay una imposibilidad de hacer una conceptualización homogénea, por lo que este concepto acaba siendo un cajón desastre: deconstructivismo, tercera ola feminista, ruptura del orden epistemologico moderno, etc. Concretamente en la historiografía hay muchas corrientes: historia cultural, historia poscolonial, historia de las subalternidades, microhistoria, historia feminista, teoría de redes, historia de las mentalidades… Se caracteriza por el individualismo, la subjetividad, el constructivismo, el relativismo y el eclecticismo. Es una ideología bastante resbaladiza, dando la sensación de que es un discurso que todo vale. Su mayor riesgo es la caída en el nihilismo. Se podrían definir como escépticos, dejando más preguntas abiertas que respuestas dadas, sin verdades absolutas. Se rechazan los modelos totalizantes, se cuestiona la capacidad de explicación totalizadora. Hay en todo el posmodernismo una preocupación por la importancia del lenguaje, una sensibilidad hacia la lingüística. Es uno de los ejes de este paradigma. Busca liberar a la historia de los moldes académicos y metodológicos tradicionales, recurre a la interdisciplinariedad. En cierta medida era lo que se buscaba en la primera escuela de los Annales. A partir de la posmodernidad se presta atención a los condicionamientos ideológicos del autor. Al hablar de constructivismo hacemos referencia a que los elementos usado para el análisis histórico están condicionados por la ideología. El saber y el poder van siempre de la mano. Sus ideas serán fagocitadas por el capitalismo y el neoliberalismo dado que exacerban la idea de individualismo, pese a ser pensadores con base marxista (no ortodoxo, sino humanista). Muy influenciado por la filosofía francesa que viene de ese rupturismo con el sistema de pensamiento moderno que se vive en el Mayo del 68, siendo la corriente que da el pistoletazo de salida para el resto de corrientes posteriores. Otra corriente que influye en la posmodernidad es el postestructuralismo, incluyéndose dentro a filósofos como Foucault, los cuales rompen con el pensamiento arborescente y dualista del estructuralismo, ofreciendo la alternativa del pensamiento rizomatico. Otros autores como Barthes le prestan atención a la semiótica. Posestructuralismo marxista francés: El estructuralismo surge en la filosofía, se pone de moda y entra en otras disciplinas a partir de los años 50 y 60. El padre del estructuralismo es Claude Levy-Strauss. Tenemos estructuralismo histórico en la segunda generación de Annales. Se centran en: • • • • Arbitrariedad del signo lingüístico (no es universal). Relación intrasimbolica en la frase. Antropología como una forma de semiología (análisis semántico). Dentro de un sistema social y cultural, todo lo que conforma la cultura están emparentados entre sí, y cada uno conforma un sistema de significado, esto es, la función simbólica de la cultura. Busca la objetividad a partir de ideas no sujetas a signos lingüísticos. 7 El posestructuralismo está basado en la experiencia, no busca ser objetivo (a diferencia del estructuralismo). Mantiene ciertas ideas del estructuralismo (como la idea de signo lingüístico), añadiendo la dimensión subjetiva. Se desarrolla entre los años 60 y 70. El posestructuralismo toman las nociones del signo lingüístico y la relación intrasimbolica en la frase pero añadiendo la dimensión subjetiva puesta de relieve por los existencialistas y el psicoanálisis. Destaca el autor Jacques Lacan (1901-1981). Formado por la lingüística estructural, amigo de Levy-Strauss. Pero, a partir de los años 60 y 70 gira hacia el psicoanálisis freudiano, tomando de Freud el concepto del subconsciente y reinterpretándolo en base a la lingüística y el estructuralismo, usandolo en vez de para interpretar la cultura para conocer la vida interior de las personas. Por un lado, plantea que el subconsciente no es un constructo universal (como sí lo es el lenguaje), sino que algo profundamente más cultural. Hacerse persona-como-sujeto (capaz de realizar una acción) implica someter los deseos egoístas del subconsciente a una normativa, reprimir sus deseos. A su vez, el subconsciente se convierte en el repositorio creativo de nociones entre significantes, que si bien a nivel consciente tiene significado colectivo y normalizado, desde el subconsciente puede significar otra cosa. Esa distinción de significados (o distancia entre el significante consciente y subconsciente) es lo que Lacan denomina “orden simbólico”. Destaca en este sentido la intersubjetividad, la comunicación entre sujetos en la que se construyen nuevos conocimientos. Pasando a hablar de Louis Althusser (1918-1990), este pensador posestructuralista y marxista clásico cojera su visón de ideología (supraestructura) y la reconfigurará basándose en Lacan, siendo algo más subjetivo. En el marxismo la ideología representa la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones de existencia, poseyendo una base material y una función práctico-social. La ideología con relación al sujeto es lo que constituye a los individuos como tales. Existe el sujeto social (la clase): individuos que con el tiempo se equipan para responder a las necesidades de la sociedad de manera colectiva. Y un sujeto objeto, que viene definido por su relación con los objetos. El individuo es siempre sujeto ya que está siempre enredado en prácticas rituales de reconocimiento ideológico, relacionadas con su ideología, actuando en base a ella, y estando los rituales inscritos en sus realidades materiales. Esto asegura que la mayoría de los individuos reproducen las relaciones de producción existentes (lo que se espera de ellos). Aseguran a su vez que los sujetos reconozcan lo que son (sujeto) si se comportan de acuerdo a ello. Inspirado en los conceptos de imaginario y de simbólico de Lacan, que se conforman sintácticamente: cada individuo (cada una de las partes de una “frase”) tiene unas características que se diferencian del resto y lo provee de cierto poder para controlar su mundo en base a la manipulación simbólica. Asigna al individuo un lugar en la esfera social. El individuo se identifica con ese lugar que se le ha dado socialmente y lo acepta sin cuestionarlo. Desde el punto de vista de las conciencias hegemónicas, el cuestionamiento es relativamente raro. Elemento sintáctico (lo que me diferencia del resto de individuos y me provee con cierto poder para controlar el mundo mediante la manipulación simbólica; el individuo al contrastarse con otros individuos) y elemento semántico (asignación colectiva que se le da a un individuo). Básicamente Althusser consigue introducir al individuo en lo general del marxismo. Para este autor existe un perpetuo conflicto entre el subconsciente y el ego, existiendo contradicciones continuas entre lo real, lo simbólico y lo imaginario (tres niveles de consciencia que están operando simultáneamente), estando siempre relacionado ese perpetuo conflicto con las relaciones vividas. Además, señala la escuela como herramienta del poder. El aula reproduce el sistema del Estado (reproducción ideológica del sujeto social). Espacio simbólico: espacio real que el sujeto social considera con un significante. 8 Roland Barthes (1915-1980) es marxista. Presta atención a la semiótica (el significado de las palabras y las cosas). En su obra Mitologías (1957) se lanza en contra de los valores de la burguesía francesa. Para él los fenómenos culturales tienen significados que van más allá de ellos mismos a través de cadenas de significados. Los simbolismos (vino y mantequilla como símbolos de la identidad francesa) son cómodos para la burguesía porque proyectan los valores que ellos quieren proyectar, a la vez que aliena a la sociedad de las feas verdades inherentes a las circunstancias reales de producción capitalista (opresión humana, animal y medioambiental). Enmascaran así la realidad, alienando y limitando la agencia. Su estilo es muy moralizante, Roland toma consciencia de su posición como autor dentro de los sistemas de construcción de conocimiento. El autor no se puede posicionar fuera del sistema explicativo, los autores también forman parte del texto. Su respuesta ante esto es la “muerte del autor”: asumiendo que no puede haber un relato final del producto cultural. El autor no está fuera de los sistemas de conocimiento, por lo que no tiene la capacidad de dar una explicación final a nada, solo puede haber multiplicidad de interpretaciones. No hay una verdad definitiva. Michel Foucault (1926-1984) fue el historiador, filósofo y antropólogo más importante del posmodernismo. Destaca en los estudios del poder, redefiniendo este concepto. También se interesó por la relación entre poder y conocimiento (discurso). Redefine el concepto de poder como algo difuso, ubicuo y subjetivo que se transmite y ejerce en todos los ámbitos de existencia. Tampoco es único, es fuerza en conflicto constante, hablándonos de una microfísica del poder. No es estático ni vertical, sino que también puede proyectarse de manera horizontal. No es una cuestión jerárquica y superestructural, sino que son relacionales. Tampoco son monolíticas, sino que van fluctuando dependiendo del contexto social. No es una realidad que está fuera de la imagen, sino dentro de ella. Es una relación de fuerzas frente a otras fuerzas, cambiando frente al estudio y definición de ideología que decía Althusser, reconociendo en este sentido la horizontalidad del poder, y que debe ser estudiado más allá de su aspecto central, así como estudiar no tanto quien lo ejerce sino cómo. Del mismo modo, el poder no se posee como un objeto, siendo una relación intersubjetiva de carácter desigual, ubicuo, circulando de manera transversal por todo el cuerpo social. Su análisis debe seguir la misma senda que su constitución, de abajo a arriba, ya que el poder global es el efecto terminal de todos los enfrentamientos minúsculos que terminan por permitir la emergencia de un poder global. Contrario al materialismo histórico, considera que el poder y sus relaciones no son superestructura, estando presentes en todas las formas de la vida social. Las relaciones de poder para Foucault persiguen ciertos fines, pero en muchas ocasiones se produce a través de relaciones anónimas de fuerza, no hay un sujeto particular dispuesto a alcanzar esos fines. Donde hay poder hay resistencia. Para comprender el poder hay que aislar sus componentes en diferentes tipos de tecnologías políticas. Habla de dos tipos de poder: el poder disciplinario y el biopoder. Foucault posee varios libros que son las obras más citadas de las ciencias sociales y las humanidades: En Las palabras y las cosas (1976) y Arqueología del saber (1979) otorga a la historia (el análisis del pasado) un carácter fundamental frente al resto de las ciencias humanas. En parte porque el discurso histórico es una forma de legitimación del poder, y porque otorga cohesión social, funciona como salvaguarda de la memoria. En estas dos obras analiza al sujeto (y su importancia) y la verdad. El sujeto no es una entidad biológica, y por lo tanto no es inmutable ni universal. La naturaleza del sujeto viene determinada por su propia historicidad. El ser humano se constituye dentro de la historia y a la vez viene determinado por la misma. ¿Quién construye el sujeto? A través del saber. Desarrolla la metodología de la genealogía del saber, 9 tratando de estudiar y diagnosticar las fuerzas constitutivas del poder en cada época y los procesos históricos que han llevado a esto. Esta genealogía del saber retrotrae hasta la Grecia clásica para ver cómo se han ido generando y perpetuando discursos de poder. Es un análisis textual, por lo que no llega a momentos prehistóricos (sin escritura). Para Foucault, saber y poder están interrelacionados, llevándonos esto a la pregunta: ¿saber y verdad son lo mismo? La verdad existente es la que ha construido el poder, la verdad no es sinónimo de real. El poder atribuye a un discurso el carácter de verdadero, de axiomático. La verdad es una construcción discursiva. La verdad es la construcción interpretativa de lo que interpretamos como realidad. La interpretación de cualquier fenómeno social es de carácter discursivo, por lo tanto, se puede realizar un análisis diacrónico de cómo esta interpretación se constituye en el presente. Esta metodología intenta hacer emerger esa construcción llevada a cabo por el poder. El poder es esa relación de fuerza que permite construir ese saber que acaba validada y reconocida por el cuerpo social y que beneficia a unos autores frente a otros. Poder y saber es un binomio que a lo largo de la historia siempre se han unido, permitiendo el primero, la creación del segundo, quedando validada y reconocida por el cuerpo social y que beneficia los intereses de unos individuos frente a otros. Con la arqueología del saber recurre al análisis del discurso, concretando que para entenderlo hay que dividir sus componentes. El discurso es un tipo de lenguaje particular que configura un modelo de pensamiento a partir de un saber especializado (discurso histórico, médico, jurídico, religioso…). El poder disciplinario es estudiado en Vigilar y castigar (1975), en la que muestra como la institucionalización de las reformas disciplinarias responde a discursos autoexplicativos, haciéndolo a través de la aparición de la cárcel como institución. Lo hace a dos niveles, a nivel práctico y a nivel teórico. A nivel práctico, el sistema de prisiones depende de la constitución de un problema cultural como la desviación social, cuya construcción es de naturaleza histórica, no es un concepto universal y aplicable de la misma manera en todas las culturas. Es la base para que se cree la institución penitenciaria. A nivel teórico, pretende demostrar que las transformaciones en el ejercicio del encarcelamiento dependen de campos de conocimientos concretos. El poder disciplinario opera a partir de la construcción discursiva del individuo desviado y a partir de la corrección del individuo mal adaptado. En la Historia de la sexualidad (1976-2018) estudia y habla de la biopolítica del poder (o biopoder), refiriéndose a los mecanismos por los cuales las instituciones soberanas regulan la vida y actúan sobre los susodichos cuerpos individuales. Es la forma en la que se relaciona el poder con el cuerpo físico. Dichos conceptos han sido clave en la historiografía posterior, especialmente en la de género y la poscolonial, ya que gracias a ellos se puede realizar una historia del cuerpo. Paul Ricoeur (1913-2005) fue un antropólogo francés que va a desarrollar ideas como la fenomenología antropológica, en la que cualquier elemento de la cultura pueden ser estudiados por su significado. Esto es común a muchos otros antropólogos de la época. Hay que romper la distancia que existe entre el emisor y el receptor a través de un mensaje: el discurso, el texto, la explicación (fijado a través de la escritura). Jacques Derrida (1930-2004) es el más importante deconstructivista. Escribió Of Grammatology (traducido por Gayatri Spivak). Reconoce y plantea las limitaciones que tiene el lenguaje: distancia entre el texto (textualidad) y el significado del texto (significante). Uno de los problemas principales de la posmodernidad. No puede haber nada que esté fuera del texto. 10 Gilles Deleuze (1925-1995) y Félix Guattari (1930-1992) rompen con el modelo explicativo del estructuralismo, que tiene el pensamiento binario o arborescente. Plantean el pensamiento rizomático, un pensamiento que se expande a modo de sistema neuronal en el cerebro en el que existen nodos en los que entran en contacto ideas que crean conocimiento pero que a la hora de transmitir o de proyectarse en el tiempo no lo hacen de manera completa, sino fragmentaria. El pensamiento no es lineal ni secuencial ni continuo, sino multidimensional. Son significados abiertos. Dicho de otra forma, es un sistema descentralizado con multiplicidad de cadenas semióticas y acciones que operan simultáneamente. No hay una unidad ni una jerarquía. Cuando se conectan las cadenas semióticas se crean nuevos conocimientos. Las líneas de fuga crean significados nuevos, que no tienen por qué tener que ver con el significado original. Las unidades de significado no se crean nunca exactamente iguales. Esto lleva al modelo de las teorías de redes. La historia del giro lingüístico (o el retorno de la narrativa): Aglutina diferentes movimientos: microhistoria, 3ra generación de Annales y Nueva Historia Cultural. Todas estas son de un momento posterior al surgimiento del paradigma posmoderno, empiezan a ser importantes a partir de los 80s. El concepto de “nueva historia narrativa” es acuñado por Lawrence Stone en 1979 en su artículo homónimo, donde identifica tres grandes corrientes de la historiografía científica del siglo XX: la historiografía marxista, la historia de los Annales y la historia cuantitativa. Sin embargo, con la irrupción del pensamiento posmoderno, estas corrientes comenzaron a ser cuestionadas por su incapacidad para ofrecer respuestas satisfactorias al cambio histórico. La crítica principal señalaba que los grandes modelos estructurales, al centrarse en explicaciones globales y deterministas, desatendían aspectos fundamentales de la experiencia humana, del lenguaje y del simbolismo, fundamentales para entender las motivaciones, representaciones y significados del pasado. En este contexto de efervescencia filosófica emerge una nueva forma de hacer historia, que se aleja conscientemente de los enfoques estrictamente analíticos y estructurales, para centrarse en las formas narrativas, el contenido discursivo, el estilo del relato histórico y un renovado interés por temas culturales, políticos y biográficos. Esta corriente, conocida como giro narrativo (narrative turn), está fuertemente influida por las tesis de Hayden White, quien en su obra Metahistory (1973) plantea que la historia no puede entenderse solo como una ciencia empírica, sino como un discurso que selecciona, organiza y da sentido a los acontecimientos a través de formas narrativas que él denomina “tramas” (emplotments). La historia, según White, no es solo lo que se dice, sino cómo se dice: el tipo de relato y el estilo retórico condicionan la interpretación. Frente al "qué" y el "cómo" de los modelos estructurales, esta nueva historia narrativa pretende responder al "por qué". Los detalles, lo cotidiano, las experiencias subjetivas y los elementos aparentemente insignificantes pasan a ocupar un lugar central en la explicación histórica. En este nuevo paradigma, cualquier acontecimiento puede ser objeto legítimo de estudio, y los sujetos históricos ya no son solo clases sociales o grandes colectivos, sino también individuos concretos con agencia y voz propia. Esto se traduce en un retorno a historiadores como Marc Bloch o Henri Lefebvre, quienes ya habían defendido la importancia de lo vivido y lo simbólico. Peter Burke, una de las figuras clave de esta transformación historiográfica, señala que el giro narrativo abre dos debates fundamentales. El primero es el debate entre historia estructural e 11 historia narrativa: mientras la primera tiende a lo estático y al análisis de larga duración, la segunda busca entender el pasado a través de la acción, la intención y el carácter de los individuos. El segundo debate es interno a la propia historia narrativa: ¿qué tipo de narrativa debe emplearse? Existen diversas propuestas estilísticas. • • • • • Algunas optan por técnicas propias de la ficción literaria, sin caer en la invención, lo que permite representar el pasado de forma plural y abierta a múltiples interpretaciones. Otras adoptan un enfoque más personal, incorporando la primera persona del historiador como sujeto del relato, con el objetivo de generar empatía y reconocer los límites y mediaciones del conocimiento histórico. Existe también la micronarración, vinculada a la microhistoria, que se trata de una exposición de un relato sobre gente corriente en un escenario local. Es el caso de Carlo Maria Cipolla o de Natalie Zemon Davis. Escribir la historia hacia atrás (de lo más reciente a lo más lejano). Unir el relato diacrónico con el sincrónico, propuesta de Marshall Sahlins. La cultura no es un ente fijo sino que está constantemente reordenandose a partir de la incorporación constante de nuevos acontecimientos. La Nueva Historia Cultural: No es nuevo, se viene desarollando desde el s.XIX. Pero el cómo se va a recuperar sí que es nuevo. Como antecedentes destacan Jacob Burckhardt y Johan Huizinga, ya en el siglo XIX abordaba las representaciones colectivas, las formas de vida y los procesos simbólicos. Sin embargo, es a partir de los años cincuenta cuando, desde el marxismo, se impulsan nuevos enfoques sobre la cultura (ej. Arnold Hauser), y en 1958 se produce un renacimiento de los estudios culturales en la historiografía, con figuras como Eric Hobsbawm, que incorporan las expresiones culturales populares como objeto de análisis histórico legítimo. La historia cultural renovada, especialmente a partir de los años ochenta, se vincula estrechamente con el giro en la forma de narrar e interpretar el pasado. Robert Darnton (1939), con obras como La gran matanza de gatos (1984), se sitúa en una posición intermedia entre la microhistoria y la nueva historia cultural. En sus trabajos se combinan el análisis de prácticas populares con una interpretación en capas: social, cultural y simbólica. No se trata simplemente de entender lo que se pensaba en una sociedad como la Francia del siglo XVIII, sino cómo se otorgaba significado a esos pensamientos, cómo se representaban y cómo se reproducían. Muy influido por la idea de descripción densa. La influencia de la antropología simbólica se intensifica con la posmodernidad, generando una historiografía atenta a los significados, los rituales, los símbolos y las formas cotidianas de expresión. El sujeto histórico vuelve al centro del análisis, ya no como un “gran hombre”, sino como un individuo singular inserto en su contexto cultural. Esta historia reconoce que no existen culturas ni instituciones atemporales; todo está sujeto al cambio y debe entenderse dentro de su marco histórico específico. Así, se acepta una concepción amplia —aunque no infinita— de la cultura, que incluye tanto las manifestaciones tradicionales (arte, religión, literatura) como las prácticas cotidianas (ritos populares, hábitos alimentarios, juegos, lenguaje informal). En este contexto cobra especial relevancia la noción de "descripción densa", elaborada por el antropólogo Clifford Geertz (1926-2006). Para Geertz, entender una cultura implica no solo observar sus prácticas, sino interpretar los significados complejos y entrelazados que subyacen en ellas. La descripción densa consiste en reconstruir las estructuras simbólicas profundas que 12 organizan la vida social y que solo son accesibles a través de una interpretación cuidadosa y contextualizada. Esta propuesta, aunque originada en la antropología simbólica, fue rápidamente adoptada por historiadores vinculados al giro cultural, a la microhistoria y a la nueva historia cultural, quienes vieron en ella una herramienta poderosa para analizar tanto las acciones individuales como las estructuras colectivas de sentido. Geertz plantea que la cultura es un sistema de símbolos compartidos, una sintaxis de significados en la que el individuo nace, vive y actúa. Esta estructura no es neutral: modela las prácticas sociales, las relaciones de poder y la percepción del mundo. La descripción densa, en este sentido, permite visibilizar esos códigos invisibles que rigen el comportamiento y la experiencia histórica. También incluye cómo se dota de significado a ese símbolo: cómo se representa, como se reproduce, etc. La descripción va por capas, de la capa exterior (descripción del acto simbólico) a la interior (significados profundos). Peter Burke (1937) insiste en una historia cultural que dé cuenta de la pluralidad de voces, de los sincretismos, de los contactos transculturales y de los procesos de intercambio entre tradiciones diversas. Para Burke, la cultura es un sistema dinámico y multifacético que debe analizarse desde sus tensiones internas, sus procesos de transformación y sus múltiples agentes. Busca abarcar de manera coherente todos los aspectos de la cultura europea, entendida como un conjunto de pulsiones, sincretismo de diferentes tradiciones y dimensiones sociales. En definitiva, el giro narrativo y la nueva historia cultural no suponen una negación del hecho histórico, sino una redefinición de su análisis. Frente a una historia objetiva, totalizadora y estructural, se propone una historia interpretativa, narrativa y subjetiva, que busca comprender la complejidad de la experiencia humana y la riqueza de sus significados. Esta nueva historiografía no renuncia al rigor, pero sí cuestiona las certezas absolutas, apostando por una forma de conocer más consciente de sus límites, más atenta a las voces olvidadas y más abierta a los múltiples sentidos del pasado. La microhistoria Comparte con el resto de historiografías posmodernas su crítica a los grandes relatos totalizadores y a las generalizaciones excesivas que caracterizaron a la historiografía tradicional. Sin embargo, en las últimas décadas, algunos de estos planteamientos se han transformado o reformulado a raíz de los debates abiertos por el posthumanismo, una corriente filosófica y epistemológica que replantea radicalmente la concepción moderna de "persona" y "sujeto". El posthumanismo rompe con la visión antropocéntrica heredada de la Ilustración, abriendo nuevas líneas de investigación en la historiografía como la neurohistoria, la ecohistoria, la historia cognitiva o la historia digital. Estas perspectivas promueven un análisis de las relaciones intersubjetivas no solo entre seres humanos, sino también entre humanos y otras especies, entornos o incluso tecnologías. En este marco, la historia deja de centrarse exclusivamente en el sujeto humano autónomo y racional para explorar formas de agencia distribuidas y relacionales, reconociendo la interdependencia de las vidas humanas con redes ecológicas, animales y técnicas. Se habla de posthumanismo porque la concepción de persona y de sujeto ha cambiado totalmente. El sujeto histórico, por tanto, ya no es concebido como un ente fijo, sino como un nodo dentro de una red de interacciones complejas. A pesar de esta apertura conceptual del posthumanismo, la microhistoria continúa siendo una de las metodologías más fecundas para pensar la historia desde lo pequeño, lo marginal o lo excepcional. Su origen puede situarse en 1979, cuando los historiadores Carlo Ginzburg y 13 Giovanni Levi publicaron un artículo fundamental en el que, sin utilizar aún el término, establecían las bases metodológicas de esta corriente. Su propuesta consistía en adoptar una estrategia de investigación inspirada en la noción de “seguir pistas”: partir de un detalle aparentemente insignificante o discordante dentro de una documentación histórica para desentrañar estructuras más amplias y ocultas. Lo que en apariencia es una anomalía o una excepción (algo que no encaja, algo extraño), puede revelar —según los microhistoriadores— aspectos fundamentales del funcionamiento de una sociedad. Esta metodología conlleva varios desafíos teóricos. En primer lugar, cómo relacionar lo micro con lo macro, es decir, cómo vincular los estudios centrados en individuos o comunidades concretas con las grandes estructuras económicas, sociales o políticas. En segundo lugar, hasta qué punto la microhistoria está influida por los postulados de la posmodernidad. Y, finalmente, si este tipo de análisis puede considerarse una forma renovada de biografía o constituye un género propio. La distinción entre micro y macro proviene originalmente de la economía y fue adoptada por las ciencias sociales y la historia para señalar el nivel de análisis. Lo micro alude al estudio de individuos o pequeñas comunidades y lo macro, a las grandes estructuras históricas. La historiografía tradicional, centrada en procesos estructurales y cronologías generales, a menudo ha tenido dificultades para conectar adecuadamente estos niveles. La microhistoria, al reducir la escala del análisis, trata de resolver este desajuste proponiendo un enfoque inductivo que parte del detalle concreto para alcanzar interpretaciones más amplias. Entre los años setenta y ochenta, surgieron diversos ensayos que intentaron establecer una conexión más sólida entre el nivel micro y el nivel macro, desarrollando así lo que se ha denominado como el análisis de la "desviación significativa" o de lo “normal-excepcional”. Estas expresiones remiten al estudio de casos particulares que, lejos de ser anecdóticos, permiten comprender las lógicas internas de una época o de un sistema social. Este enfoque presenta cuatro características fundamentales: • • • La diferenciación explicita entre lo micro y lo macro. El empleo del método indiciario, basado en el seguimiento de huellas. La lectura de acciones marginales como pistas que se encadenan unas con otras hasta revelar una estructura subyacente La necesidad de realizar una "descripción densa", centrada en la experiencia individual o comunitaria con un alto nivel de detalle narrativo. Ponen énfasis en su voluntad por reducir la escala de análisis a su mínima expresión: la experiencia del sujeto como aparece verbalizada en una fuente determinada. Una especie de historia minimalista. Lo que distingue a la microhistoria de otras aproximaciones centradas en personajes individuales —como la biografía— es precisamente esta voluntad de trascender lo individual. Aunque parte de sujetos concretos, su objetivo es iluminar patrones o relaciones de orden mayor. Mientras que la biografía clásica suele centrarse en figuras destacadas —"grandes hombres", líderes o protagonistas—, la microhistoria prefiere sujetos anónimos o elusivos, cuyos itinerarios vitales sirven como vía de acceso a fenómenos culturales, sociales o políticos de mayor escala. La biografía construye un perfil individual completo; la microhistoria utiliza la vida del sujeto como herramienta interpretativa para explicar dinámicas colectivas. Desde un punto de vista epistemológico, la microhistoria mantiene una posición escéptica, cercana a la posmodernidad, pero no completamente inmersa en ella. Es uno de los múltiples resultados de la crisis posmoderna en el relato histórico. Comparte con el pensamiento 14 posmoderno su crítica a las grandes narrativas y su desconfianza ante las generalizaciones ahistóricas. Sin embargo, no cae en el relativismo extremo que considera toda narrativa histórica como una mera ficción discursiva. Para los microhistoriadores, los hechos existen, pero son accesibles solo a través de sus representaciones, como los documentos, los relatos o las memorias. Estas representaciones, aunque mediadas, son también realidades históricas en sí mismas, pues configuran las formas en que los sujetos vivieron y entendieron su tiempo. Por último, la microhistoria se aleja de los enfoques dicotómicos y apuesta por una interpretación compleja, basada en fuentes poliédricas que combinan registros judiciales, cartas privadas, tradiciones orales o iconografía, entre otros. Desde su perspectiva, los hechos no están dados de antemano, sino que deben ser explicados dentro de un entramado de significados histórico-culturales que el historiador debe reconstruir con sensibilidad y rigor. En definitiva, la microhistoria ha abierto nuevas posibilidades para la escritura de la historia, permitiendo incorporar la experiencia subjetiva de los individuos sin perder de vista las estructuras que los condicionan. En el contexto actual, marcado por el auge del posthumanismo y la ampliación del campo historiográfico hacia nuevas formas de agencia y de relaciones, la microhistoria sigue ofreciendo una herramienta metodológica potente para entender el pasado desde la complejidad, el detalle y lo humano —y quizá también, cada vez más, desde lo no humano. Historia postcolonial: Es plural, por eso hablamos de historiografías poscoloniales. La historia postcolonial surge como una corriente crítica dentro de las ciencias sociales y las humanidades que busca reinterpretar los procesos coloniales y sus consecuencias desde la perspectiva de los pueblos que fueron colonizados por los imperiales occidentales modernos y contemporáneos (principalmente inglés y francés). Lejos de ser una simple revisión histórica, esta corriente implica una profunda transformación epistemológica que entronca con muchas de las tesis fundamentales del pensamiento posmoderno, siendo contemporáneo al auge del giro lingüístico y a la crisis del posmodernismo. En efecto, el giro postcolonial se nutre de las principales críticas lanzadas contra la modernidad y sus metarrelatos: cuestiona la universalidad de los valores occidentales, la linealidad del progreso histórico y la idea misma de una civilización superior que justifica su expansión sobre otros pueblos. Hace tambalear las bases de pensamientos estructuralistas (como el marxismo). Es más próxima a los discursos de la fragmentación, vinculado al relativismo de la posmodernidad. Le repele el pensamiento binario (colonizador-colonizado, blancos-negros), movimiendose más cómodamente en los espacios de frontera, de intersección (hibridación, mestizaje…). Sus campos de estudios son la noción de alteridad (construcción de la imagen de las colonias y la representación del colonizado), la legitimación del poder por parte de las potencias colonialistas, la resistencia (estudio de los movimientos contrarios a la dominación imperialista) y las construcción de nuevas identidades nacionales (a raíz de los vacíos políticos que provocan la retirada de las diferentes potencias imperiales). Uno de los conceptos clave de este enfoque es el de alteridad: la construcción del “otro” por parte de las potencias coloniales. A través de diversos mecanismos discursivos, Europa se representó a sí misma como civilización y a las poblaciones colonizadas como bárbaras, atrasadas, inmorales o infantiles. Esta imagen fue utilizada no solo para legitimar la dominación política y económica, sino también para justificar el sometimiento cultural, educativo y 15 simbólico. La historia postcolonial desmonta estos discursos mostrando cómo el sujeto colonizado no fue nunca un ente pasivo, sino que generó resistencias, respuestas culturales y formas propias de agencia. En este marco, el análisis del discurso imperialista se convierte en un objeto fundamental. Se estudia cómo la construcción estereotípica del sujeto colonizado —como salvaje, corrupto, sensual o incapaz de autogobierno— sirvió para justificar la dominación imperial. Estas imágenes no eran anecdóticas ni marginales, sino que estaban profundamente imbricadas en la maquinaria del poder colonial: en la enseñanza, en los sistemas judiciales, en la cultura popular, en los manuales de historia, e incluso en la producción científica. Esta construcción del otro implicaba una estrategia de legitimación del poder que la historia postcolonial se ha propuesto desarticular. Otro eje central de esta corriente es el análisis de las resistencias. Ya no se entiende a las poblaciones colonizadas como meros receptores del dominio europeo, sino como actores históricos que, desde múltiples formas —guerrillas, movimientos nacionalistas, insurgencias rurales, reclamaciones legales— cuestionaron activamente el orden imperial. Estas resistencias no solo son políticas o militares, también son simbólicas y culturales: en la lengua, en la religión, en el arte o en las formas de vida cotidiana. Muchas de ellas alimentaron los procesos de descolonización en África, Asia y Oriente Medio, procesos que, si bien culminaron en la retirada de las potencias coloniales, dejaron a su paso profundas fracturas políticas y sociales. En este proceso de revisión crítica, se deconstruye la visión eurocéntrica que ha dominado los relatos históricos, desmantelando el relato que presentaba a las metrópolis como únicas protagonistas del devenir global. Potencias como el Reino Unido o Francia no solo explotaron los territorios colonizados desde un punto de vista económico, sino que también lo hicieron desde un punto de vista cultural y patrimonial: se apropiaron de bienes artísticos, monumentales y simbólicos, despojando a los pueblos colonizados de parte de su memoria histórica. Las influencias teóricas del pensamiento postcolonial son múltiples y provienen, en su mayoría, de autores formados en el mundo occidental. Se nutren de pensadores como Antonio Gramsci, cuyas ideas sobre la hegemonía cultural y la subalternidad resultan esenciales; del deconstructivismo de Jacques Derrida; y de Michel Foucault, especialmente en lo que respecta al análisis de las relaciones de poder y los dispositivos de control que operan en los discursos. Estas herramientas intelectuales permiten detectar y desarticular las representaciones estereotipadas de los pueblos colonizados, mostrando cómo dichas representaciones han servido para mantener estructuras de desigualdad epistémica, política y social. Hasta bien entrado el siglo XX, el pensamiento occidental negó a los subalternos —es decir, a los sujetos dominados por el poder colonial— cualquier capacidad de acción política o intelectual. Esta negación de la agencia también ocurrió en Europa con las clases populares, especialmente con el campesinado, cuya inteligencia histórica no fue reconocida hasta la irrupción del marxismo. En el contexto colonial, si no se posee la capacidad de dominar, tampoco se posee —según estos discursos— la capacidad de construir memoria ni de intervenir en el presente. La historia postcolonial desafía esta lógica, reivindicando la capacidad de agencia de los pueblos colonizados y dándoles voz propia en los relatos históricos. No hay un origen concreto, pero hay varios hechos a partir del proceso descolonizador. Esta descolonización intelectual acompaña a la económica y política del mundo moderno. Un momento fundacional del pensamiento postcolonial fue la Conferencia de Bandung de 1955, 16 donde 29 países del llamado Tercer Mundo se reunieron para debatir el mundo postimperial que deseaban construir. En este foro se expresó claramente el desencanto con las antiguas metrópolis, que no habían cumplido las promesas formuladas durante la colonización. Este hito histórico marcó el inicio de un nuevo paradigma de pensamiento internacional, en el que las naciones no alineadas comenzaron a construir discursos propios que rompían con el binarismo Este-Oeste propio de la Guerra Fría. En las décadas siguientes, especialmente a partir de las revueltas de los años 60 y 70 en países como Sudáfrica, Palestina o Nigeria, emergieron movimientos que ya no solo criticaban el pasado colonial, sino también la forma en que se habían estructurado los nuevos estados postcoloniales. Estos movimientos —tanto armados como pacíficos— revelaban una crisis en la conceptualización clásica del Estado-nación, cuya estructura solía estar heredada directamente del trazado colonial. Incluso desde el interior de las metrópolis se producen levantamientos de minorías indígenas. En este contexto, la historia postcolonial también revisa críticamente los proyectos nacionalistas. Los nuevos estados, nacidos de procesos de descolonización, fueron con frecuencia diseñados desde los despachos de las potencias coloniales, sin atender a las realidades étnicas o culturales del territorio. Así, los conflictos actuales en muchos países africanos o asiáticos son vistos por los historiadores postcoloniales como la consecuencia directa de este legado arbitrario, que sigue generando tensiones irresueltas. Se critica el legado colonial pero también se critica la idea eurocentrista de la modernización. Aceptan las narrativas de transición hacia el capitalismo, pero cuestionan el historicismo como forma de relato desarrollista. Critican que para llegar al capitalismo, al desarrollo completo de un espacio geográfico, haya que pasar por todos los estadios previos. Ejemplo de esto puede ser Japón. Critican el legado colonial, pero asumen la idea occidental de modernización, una de esas contradicciones poscoloniales. Una figura clave en el análisis del complejo de inferioridad inculcado por el colonialismo es Frantz Fanon (1925-1961), autor de Piel negra, máscaras blancas (1952) y Los condenados de la tierra (1961). Desde un enfoque psicoanalítico, Fanon analiza cómo el colonialismo no solo destruye economías y culturas, sino también subjetividades, generando en el colonizado una percepción de sí mismo como inferior. Esta violencia simbólica tiene consecuencias profundas y duraderas en la construcción de las identidades postcoloniales. Anterior al advenimiento de la posmodernidad, no tiene la herramienta heurísticas para realizar una crítica más refinada. Otro autor fundamental es Edward Said (1935-2003), con su célebre obra Orientalismo (1978). Said analiza cómo se ha construido la imagen de Oriente desde Occidente, desvelando los tópicos del exotismo, el despotismo o la sensualidad como productos de una empresa política y cultural del imperialismo europeo (principalmente inglesa y francesa) y estadounidense. Se pertrecha de la filosofía de Michel Foucault de la genealogía del saber para entender la construcción del discurso de lo occidental. Demuestra que el conocimiento sobre Oriente (un discurso) no es neutral ni objetivo, sino que está atravesado por relaciones de poder que buscan dominar y someter. Se construyen desde los institutos de lenguas y de estudios orientales en Europa, a través de los viajeros románticos y sus descripciones de estos países, a través del expolio patrimonial de estos países… Dentro de la historiografía postcolonial destacan especialmente dos escuelas. Por un lado, la Escuela de Estudios Subalternos en India, que desde los años 80 ha trabajado intensamente 17 sobre las formas de resistencia campesina. Inspirados por Gramsci y la nueva historia cultural, sus miembros han abordado la acción de los sectores populares desde fuentes como el folclore, los periódicos locales o el cine de Bollywood. A partir de los años 90, con el auge de la democracia electoral en India, estos estudios se han complejizado, reconociendo la heterogeneidad de las respuestas subalternas y la pluralidad de voces que configuran la sociedad india contemporánea. No los plantean como colectivo homogéneo, sino que utilizan el término heterogéneo del subalterno. “Los débiles tienen muchas armas, las respuestas a la opresión son heterogéneas”. Por otro lado, la historiografía postcolonial hispanoamericana ha aportado una ampliación temporal del concepto de postcolonialismo. En América Latina, los procesos de independencia se produjeron en los siglos XVIII y XIX, pero los discursos de dominación cultural y exclusión de los pueblos indígenas persistieron mucho más allá. Obras como La visión de los vencidos (1959), de Miguel León Portilla, cuestionaron por primera vez que las comunidades indígenas hubieran quedado definitivamente silenciadas tras la conquista. Desde entonces, los estudios han avanzado hacia una comprensión más dinámica, reconociendo la agencia indígena en las transformaciones históricas y explorando conceptos como transculturación, semiosis colonial, etnicidades emergentes o lugares de enunciación, donde confluyen la clase social, la etnicidad y la herencia cultural. Historia de Género y Feminista: A lo largo de esta asignatura, y en general durante toda la carrera, hemos podido constatar la existencia de un importante vacío historiográfico en relación con la perspectiva de género. Este vacío no se limita a la falta de contenidos específicos, sino que también se manifiesta en el modo en que se han explicado las corrientes interpretativas tradicionales de la historia, muchas veces sin integrar de forma crítica el papel de las mujeres ni los aportes del pensamiento feminista. Esta carencia comienza a ser cuestionada a partir de los años setenta, cuando la historiografía empieza a incorporar, de manera más sistemática, los planteamientos de la segunda ola del feminismo. La primera ola feminista, centrada en la conquista de derechos civiles y políticos —como el sufragio femenino—, había tenido un alcance limitado, principalmente en contextos occidentales. Fue la segunda ola, a partir de mediados de los años setenta, la que introdujo una visión más compleja y crítica sobre la condición de las mujeres, reivindicando cuestiones fundamentales como los derechos reproductivos y el aborto, así como la incorporación plena de las mujeres al mundo laboral. También emergieron conceptos clave como el "techo de cristal", que denunciaban las barreras invisibles que impedían a las mujeres alcanzar puestos de poder o reconocimiento en igualdad de condiciones con los hombres. Durante esta etapa, el movimiento feminista comienza a experimentar sus primeras fracturas internas. Se cuestiona la idea de una única voz femenina universal y se abren debates sobre la diversidad de experiencias, trayectorias y demandas. Surgen así distintas corrientes dentro del feminismo, como el feminismo de la igualdad, el feminismo de la diferencia o el feminismo radical. Una figura fundamental en esta evolución es Simone de Beauvoir, cuya obra El segundo sexo (----) plantea que la mujer no nace, sino que se hace, construyéndose como "el otro" en relación al hombre. Desde esta alteridad, la mujer queda relegada a un lugar subordinado en todas las esferas sociales. Esta perspectiva contribuye decisivamente a que se empiece a entender el género como una construcción social, más que como una característica natural. 18 Otras autoras influyentes de esta segunda ola incluyen a Kate Millett (), que desarrolla el concepto de patriarcado como sistema estructural de dominación, y a Betty Friedan (), quien denuncia en La mística de la feminidad () la opresión de las mujeres en el ámbito doméstico, particularmente en el contexto de la clase media estadounidense. En esta misma línea crítica se sitúan autoras que ya anticipan una visión más interseccional del feminismo, como Angela Davis (), cuya obra Mujer, raza y clase () analiza la condición de las mujeres negras desde una perspectiva que entrecruza opresiones de género, raza y clase. bell hooks, otra figura central, profundiza en esta intersección en Teoría feminista: de los márgenes al centro (1984), donde critica los discursos hegemónicos del feminismo blanco y propone una mirada más inclusiva, basada en las experiencias de las mujeres negras y pobres. Con el paso hacia la tercera ola feminista, situada generalmente a finales del siglo XX, se produce una apertura conceptual que responde en parte a las influencias de la teoría postmoderna. Esta etapa se caracteriza por el rechazo a las categorías esencialistas de "sexo" y "género", entendidas ahora como construcciones culturales e históricas. El análisis feminista se vuelve más flexible, adaptado a contextos concretos y coyunturas específicas, lo que lleva a una fragmentación del discurso feminista en múltiples líneas de pensamiento. La tercera ola es marcadamente interseccional, y acoge nuevas demandas sociales, como la lucha por los derechos del colectivo LGBTIQ+, la emergencia del ecofeminismo, los feminismos postcoloniales y la teoría queer. Esta expansión temática responde también a la influencia de otras corrientes teóricas, como el marxismo humanista y la filosofía postestructuralista. Autoras clave de este periodo son Gloria Anzaldúa, con Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (), una obra que fusiona elementos del feminismo chicano, la teoría queer y la identidad mestiza; Rebeca Walker (), quien populariza el término "tercera ola" en los años noventa; y Judith Butler (), pensadora fundamental en la teoría queer, cuya obra Cuerpos que importan (1993) plantea una profunda crítica a la normatividad de género y al carácter performativo de la identidad sexual. Joan Scott (), por su parte, destaca como una de las autoras más influyentes en la historiografía feminista contemporánea con su ensayo Gender and the Politics of History (1988), donde propone el género no solo como una categoría de análisis histórico, sino como una herramienta crítica para repensar la disciplina misma de la historia. Los planteamientos de estas autoras han tenido un profundo impacto en la manera de hacer historia, transformando incluso asignaturas tradicionales como la Prehistoria, donde ahora se problematiza el origen del Estado como uno de los momentos clave en la marginación de las mujeres en las esferas política y económica. En este nuevo paradigma, ya no se busca únicamente visibilizar a las mujeres como sujetos históricos, sino cuestionar las estructuras de poder que han moldeado su exclusión. Actualmente, la historiografía influida por los estudios de género ha ampliado sus líneas de investigación hacia nuevas áreas: el estudio de las identidades de género (masculina, femenina, queer), la expresión de género —entendida como la forma en que una persona actúa, se viste o se comunica según los estereotipos sociales— y la orientación sexual, explorando las distintas formas en que estas se manifiestan en diferentes contextos históricos. Se trata de una historia que reconoce la diversidad de las experiencias humanas y que está comprometida con desentrañar cómo los discursos sociales han delimitado lo que se considera "normal" o "desviado", "masculino" o "femenino", "natural" o "cultural". En definitiva, el feminismo ha dejado de ser una única corriente para convertirse en un campo complejo y plural, que dialoga con otras luchas sociales y que ha transformado de manera 19 profunda la investigación histórica contemporánea. Esta mirada crítica no solo llena vacíos historiográficos, sino que contribuye a repensar el propio concepto de historia. 20
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