INSTITUTO HIJAS DE MARÍA AUXILIADORA fundado por san Juan Bosco y por santa María Dominica Mazzarello N. 932 El Sínodo: don y responsabilidad Queridas hermanas: Me dirijo a vosotras para compartir la rica y significativa experiencia vivida, en calidad de auditora, en la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tuvo lugar en Roma del 7 al 28 de octubre 2012, sobre Nueva Evangelización para la transmisión de la Fe Cristiana. Agradezco al Santo Padre Benedicto XVI su invitación, que considero un don y una responsabilidad para el Instituto. Nuestro carisma ha sido dado a la Iglesia por el Espíritu Santo y nosotras estamos llamadas a hacer brillar esta perla, anunciando la buena noticia del Evangelio a las jóvenes generaciones de todos los continentes donde estamos presentes. He vivido, junto con el Rector Mayor don Pascual Chávez Villanueva, presente como padre sinodal, y con sor Enrica Rosanna, invitada como experta, una experiencia única, portadora de esperanza y de alegría, en contacto con una Iglesia viva, renovada por el Concilio Vaticano II, que continúa caminando con el mundo de hoy. Deseo compartirla con vosotras y lo hago a través de esta carta, de manera familiar, consciente de no poder agotar en pocas líneas la intensidad de cuanto he vivido. Tendré otras ocasiones para volver a profundizar los contenidos del Sínodo. Os invito, desde ahora, a participar en las iniciativas de la Iglesia local en la que este tema se propondrá. Una fuerte experiencia eclesial Participar en el Sínodo de los Obispos ha sido un gran don, una inmersión en la vida de la Iglesia universal a la luz del Espíritu Santo. La alegría y la responsabilidad me han acompañado en este tiempo de gracia. La actitud de escucha del Santo Padre Benedicto XVI ha sido muy significativa y estimulante. Fue interesante oír a los Obispos de los cinco Continentes presentar sus realidades en relación con la Nueva Evangelización, teniendo como referente el Instrumento de Trabajo. Muchas veces me decía a mí misma: «Allí estamos nosotras.» La implicación se hacía intensa y me sentía profundamente interpelada. En aquellos momentos os tenía a todas presentes, a los laicos, a las laicas y a los jóvenes con quienes caminamos cada día, y me animaba el pensar que juntas hayamos podido realizar todo lo que el Sínodo atribuye a la vida consagrada. El clima, tanto durante las congregaciones generales como en los círculos menores, era de gran cordialidad, diálogo, libertad de expresión, serena reflexión, humildad evangélica, ánimo al reconocerse Iglesia sufriente y vulnerable en sus miembros, pero al mismo tiempo valiente para no dejarse intimidar por los vientos contrarios de la secularización y el relativismo. Decidida a ser “sal de la tierra y luz del mundo”, deseosa de ser evangelizada para poder anunciar la belleza del Evangelio de Jesús en la sociedad de hoy. He visto una Iglesia apasionada, fuertemente unida para buscar con humildad caminos de Nueva Evangelización, mirando con serenidad y objetividad los desafíos que el mundo pone al anuncio de la buena noticia del Evangelio. Estos desafíos se han acogido como nuevas oportunidades que deberán ser consideradas seriamente para poder ir al encuentro de una realidad que, a menudo, sufre el vacío de Dios y atraviesa el desierto de la falta de sentido. Benedicto XVI nos ha ayudado a reflexionar: «Pero es precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, cuando podemos descubrir nuevamente la alegría de creer; comprender su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se redescubre el valor de lo que es esencial para vivir. En el mundo contemporáneo son innumerables los signos, muchas veces expresados de forma implícita o negativa, de la sed de Dios, del sentido último de la vida. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su misma vida, señalen el camino hacia la Tierra prometida y así mantengan despierta la esperanza.» (Benedicto XVI, Homilía en la apertura del Año de la Fe, 11 de octubre de 2012). En este clima, queridas hermanas, he vuelto a pensar en la realidad de nuestra Familia religiosa. Y he experimentado que no nos sentimos extrañas dentro de este viento de primavera eclesial. En los momentos de oración vividos con los Padres sinodales, he pensado en todas nosotras, en la misión que la misma Iglesia nos confía y en la cual pone gran confianza, ya que la transmisión de la fe tiene en la educación un camino privilegiado. Ante todo, reflexionaba lo importante que es no gastar las energías en plantearse exclusivamente qué hacer para…, sino esencialmente cómo ser hoy Hijas de María Auxiliadora, renovadas en la fe, enamoradas de Jesús, para hacer brotar aquella agua fresca, genuina, que Él ofreció a la Samaritana (cf. Jn 4,5-42), encontrándonos con puntualidad en la fuente del pueblo donde vivimos para ofrecer esta agua restauradora a las jóvenes y a los jóvenes. El Mensaje del Sínodo pide que nos dejemos iluminar por esta página del Evangelio. No hay nadie que no se encuentre «junto al pozo con un ánfora vacía, con la esperanza de satisfacer el deseo más profundo del corazón, el único que puede dar significado pleno a la existencia.» (Mensaje al pueblo de Dios de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos n.1). Podemos hacer nuestra la toma de conciencia de la Iglesia que siente el deber de sentarse como Jesús en el pozo de Sicar, junto a los hombres y a las mujeres de este tiempo para hacer presente al Señor en su vida. Es difícil hacer síntesis de los temas surgidos en el Sínodo, todos actuales y muy interesantes: el encuentro con Cristo, la santidad, la conversión, las nuevas oportunidades de evangelización, la familia, los jóvenes, la educación, la catequesis, el diálogo interreligioso, el ecumenismo, la relación con el Islam. En el aula sinodal se hacía sentir continuamente la urgencia de dejarse tocar profundamente por la buena noticia del Evangelio, para poderla comunicar con la vida. Se trata esencialmente de un camino de conversión que debe involucrar al Pueblo de Dios. A nosotras esta llamada nos recuerda los caminos de conversión al amor, que el CG XXII nos propuso y que hemos asumido para reavivar la identidad carismática y hacerla resplandecer con nueva luz. No se ha terminado el tiempo de la conversión. Por eso considero una delicadeza del Espíritu Santo la celebración de un Sínodo que subraya como prioridad esta dimensión. Os invito a meditar el Mensaje del Sínodo, a hacerlo objeto de reflexión, a concretar aquellos aspectos que pueden marcar nuestro compromiso en la Iglesia como educadoras y testimonios del Evangelio con el estilo de la espiritualidad salesiana. El éxito del Sínodo no vendrá solo de iniciativas y planificaciones varias, sino sobre todo de la coherencia evangélica de nuevos testimonios, valientes, audaces, que sienten arder en su corazón lo que San Pablo escribe: «Anunciar el Evangelio no es gloria para mí, sino una necesidad que se me impone. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9,16). Nuevo horizonte de esperanza y de belleza Emprender la aventura de la Nueva Evangelización requiere un camino de conversión para un encuentro renovado con Jesús, dejándonos moldear cada día por su Palabra: «Quien ha recibido la vida nueva del encuentro con Jesús, a su vez, no puede por menos que ser anunciador de verdad y de esperanza para los demás.» (Mensaje del Sínodo, n.1) En la intervención que presenté en la Asamblea sinodal en nombre del Instituto, puse de relieve que «la vida consagrada femenina evangeliza mediante el testimonio de vida, que refleja el atractivo de la relación con Jesús. Conseguimos evidenciar esta atracción cuando nos dejamos evangelizar por Dios. Así expresamos lo que hace hermosa la vida consagrada; realizada, feliz, capaz del encuentro y de compartir. Para recuperar un estilo auténticamente profético debemos enraizarlo en la mística, y poder dar razón de la esperanza que está en nosotras. No sólo debemos ser creyentes, sino creíbles. En esta credibilidad se juega todo el compromiso de evangelización y nuestro mismo futuro como vida consagrada.» Ser creíbles es la condición para poder comunicar de manera convincente la riqueza del Evangelio que es siempre anuncio de esperanza, de belleza y de alegría. Tomar conciencia de esta responsabilidad, despierta en nosotras la pasión misionera del da mihi animas cetera tolle. Don Bosco y la Madre Mazzarello en su compromiso apostólico querían exclusivamente hacer conocer a Jesús y comunicar la buena noticia del Evangelio a las jóvenes y a los jóvenes en tiempos no más fáciles que los nuestros. ¿Estamos dispuestas, de nuevo, a tomar conciencia de ello? Al principio, las reuniones sinodales tendían a subrayar los desafíos negativos, las problemáticas que hacen difícil el anuncio. Después se produjo un giro, iluminado por la fuerza del Espíritu Santo, que llevó a los Padres sinodales a tener una mirada de esperanza constructiva sobre el mundo, invitando a la Iglesia a acoger los desafíos actuales con valor, audacia y realismo, considerándolos como oportunidades. El Mensaje del Sínodo está entretejido de esperanza que ilumina la lectura del presente y permite vislumbrar nuevas perspectivas de evangelización para el futuro, con atención particular a la familia y a la educación de las nuevas generaciones. La esperanza cristiana halla su raíz en Dios. Él no se cansa de nosotros, cree en la persona, tiene confianza en todos; también en quien ha perdido el camino y lo está buscando trabajosamente, o bien ya no lo busca porque está desanimado y desengañado de promesas ilusorias. El Señor nunca falta a su palabra. Este es el fundamento de la esperanza cristiana. Es la razón para no dejarnos vencer por las corrientes contrarias y derrotistas que puedan insinuarse en nuestras realidades, debilitando la fuerza de la esperanza que está en cada una de nuestras opciones de vida. La esperanza, pues, está en la base de la conversión y de la evangelización. Sin esperanza de cambio no se da conversión. La Nueva Evangelización - se insistió - es ante todo obra de conversión, pide disponerse para este itinerario que el Espíritu Santo indica hoy a la Iglesia (cf. Mensaje del Sínodo n.5). La conversión es obra de Dios, es acción de salvación. Él puede transformar nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Dios nos salva en Jesús. Por esto es importante apasionarnos de nuevo por Él, volver a Él, dejarnos evangelizar el corazón; encontrarlo en la persona de las hermanas, de los jóvenes, de la gente, valorizando lo cotidiano que está siempre lleno de su presencia. Solo en Él podemos ser personas de esperanza, y dirigirnos al mundo con ojos nuevos. El mundo es amado por Dios, es el espacio de su amor, de su misericordia; el espacio del encuentro, de nuestra misión entre las jóvenes generaciones, el lugar donde brilla la belleza de Dios. Hablar hoy de belleza es complicado, porque muchas veces se le atribuye su significado más superficial. Como educadoras, como mujeres al servicio de la esperanza, sabemos a qué belleza queremos referirnos: a la belleza de Dios vivificada por su amor fiel que ilumina incluso las situaciones más oscuras y dramáticas. Es esta belleza que salva al mundo y da a nuestros ojos la luz para captar lo que es verdadero, bueno y puro. ¿Sentimos la exigencia de ser las primeras en descubrir la belleza que Dios irradia en nuestro corazón, dándonos su amor sin medida? ¿Pedimos constantemente a Dios la gracia de ser sus testigos, la fuerza de comunicar alegría y esperanza allí donde el vacío y la incertidumbre hacen fatigosa la vida, sobre todo de los jóvenes? Nuestro corazón ¿no tiene tal vez necesidad de descubrir la belleza de un Dios que nos ama, que derrama la salvación sobre cuantos, tal vez de manera implícita, piden luz y fuerza para vivir una existencia con sentido y convertirla en don y servicio a la verdad? La esperanza fundada en Dios es intrínsecamente una llamada a la belleza de su amor. Es una forma de Nueva Evangelización que hoy la Iglesia espera de la vida consagrada, una nueva llamada a la que queremos responder con plena disponibilidad (cf. Mensaje del Sínodo n.7). El Sínodo, voz autorizada de la Iglesia, ha dirigido a todos palabras de esperanza. Ésta tiene un nombre: Jesús, que ha traído, mediante el misterio de muerte y de resurrección, la salvación a toda la Familia humana. El CG XXII subrayó que el nuestro es un “tiempo favorable”, o sea tiempo de nuevas oportunidades para una vida santa, para la misión educativa, para las relaciones positivas con el mundo, con nosotras mismas; usando nuevos canales de comunicación junto a los tradicionales, con tal que se utilicen con criterio y con el deseo de hacer brillar bellamente la presencia de Jesús en el mundo actual. La Madre Mazzarello nos recuerda que «ahora es precisamente el tiempo de reavivar el fuego» (L 24), el fuego del Evangelio que queremos anunciar. Como las mujeres en el sepulcro la mañana de Pascua, descubriremos con gran alegría que las primeras destinatarias de la evangelización somos nosotras (cf. Mt 28,8). Una irradiación de alegría Hablar de alegría en este momento histórico en que la realidad social vive una crisis no solo económico-financiera, sino sobre todo antropológica, puede suscitar en nosotras un sentimiento de impotencia. Es frecuente oír hablar de crisis y poco de alegría cristiana. Os invito, queridas hermanas, a descubrir e irradiar la alegría del Evangelio con audacia y juntas, porque es un don que se nos ha regalado y nos permite actualizar el carisma de nuestros Fundadores. La alegría es parte integrante de nuestra espiritualidad, es un aspecto relevante de nuestra misión orientada a hacer felices especialmente a los jóvenes. Cito lo que ya Pablo VI auspiciaba con visión penetrante de la realidad: «Que el mundo de nuestro tiempo, que busca tanto en la angustia como en la esperanza, pueda recibir la buena noticia no de evangelizadores tristes y desanimados, impacientes y ansiosos, sino de ministros del evangelio, cuya vida irradie fervor; que, habiendo recibido antes ellos mismos la alegría de Cristo, acepten poner en juego su propia vida para que el Reino sea anunciado y la Iglesia se implante en el corazón del mundo.» (Evangelii nuntiandi, n. 80) Son palabras que conservan una fuerte actualidad y nos interpelan profundamente. Se ha dicho que “la alegría es el gigantesco secreto del cristiano.” (Chesterton). Yo añado que es el secreto de la Hija de María Auxiliadora llamada por carisma a hacer brillar su rostro con una sonrisa que refleja un corazón que cree, espera y ama. En mis visitas he encontrado a muchas hermanas serenas y alegres; comunidades deseosas de alegría verdadera. En algunas he notado una especie de nostalgia en lugar de la mirada evangélica que expresa alegría y felicidad. Cuando falta la alegría en nuestra vida, preguntémonos cuál es la causa y procuremos hacerla resurgir. Las jóvenes y los jóvenes buscan nuestra mirada para encontrar una luz que los oriente en el camino de la vida. ¿Cómo podemos ayudarnos a vivir el Año de la Fe, haciéndonos misioneras de esperanza y de alegría en comunidad y entre las personas con quienes nos encontramos? La raíz de la alegría se encuentra en un corazón habitado por Dios, aferrado a Su amor, transformado por la carta de amor que cada día Él nos da en la Palabra y que podemos saborear en la Eucaristía y en el encuentro personal y comunitario con Él. Jesús también nos dice hoy a nosotras: «Os he dicho estas cosas para que participéis de mi alegría y vuestra alegría sea colmada.” (Jn 15,11) El Sínodo ha dedicado una especial atención a los jóvenes «porque ellos, que son parte relevante del presente de la humanidad y de la Iglesia, son también su futuro.» (cf. Mensaje del Sínodo n.9). En una entrevista concedida por un Padre sinodal, me impresionaron algunas expresiones que remarcaban cómo los jóvenes nos enseñan la alegría. Una alegría que es ante todo interior porque viene de Dios y por esto es capaz de liberar de las esclavitudes del egoísmo, del relativismo, del hedonismo, y que llena el corazón. El Rector Mayor, en el Aguinaldo de 2013, nos involucra en este compromiso que se hace servicio a las nuevas generaciones como Familia salesiana: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, estad alegres.» (Fil 4,4). Como don Bosco educador, ofrecemos a los jóvenes el Evangelio de la alegría a través de la pedagogía de la bondad. Se trata del Evangelio de la alegría que don Bosco y la madre Mazzarello propusieron a los jóvenes a través de la pedagogía de la amorevolezza, para alcanzar la alta meta de la vida: la santidad que tiene la alegría como punto de partida y como punto de llegada. Don Bosco escribe: « Solo tengo un deseo, veros felices en el tiempo y en la eternidad.» (cf Carta de 1884 de Roma). Y la Madre Mazzarello: «Estad siempre alegres, amaos todas en el Señor.» (L 23) Y refiriéndose a las jóvenes y a las postulantes recomienda: «Quiero que sean buenas y alegres, que salten, que rían, que canten.» (L 49). Estoy convencida de que cultivar la esperanza y la alegría como misión nos permite emprender hoy un renovado camino de evangelización y, al mismo tiempo, transforma nuestras comunidades en lugares vocacionales donde la alegría atrae y suscita interrogantes vitales en el corazón de los jóvenes. ¡Cuántas de nosotras hemos descubierto el eco de la llamada de Jesús precisamente en ambientes donde la alegría no era imagen mediática, sino una realidad que procedía de la experiencia del amor del Padre hecho visible en la comunión entre las hermanas y las jóvenes! ¿Ocurre lo mismo hoy, también en nuestras comunidades educativas? He procurado ofreceros, queridas hermanas, solo un pequeño flash de lo que he vivido a nivel de Iglesia universal, procurando leer a su luz nuestras realidades para que puedan ser, cada vez más, lugares de alegría, de esperanza, de Nueva Evangelización. Deseo que esta sencilla comunicación nos ayude a vivir en plenitud y en sobriedad el don de la Navidad: acontecimiento esencial para la fe cristiana porque revela un Dios tan apasionado por la felicidad de la persona humana que envía a la tierra a su único Hijo. Él es la verdadera Novedad que nos revela una humanidad nueva, donde los criterios de felicidad son distintos de los del mundo. María, Estrella de la evangelización, nos lleva a Jesús. Con mucho afecto os auguro una buena fiesta de la Inmaculada y una luminosa Navidad. Mando mi saludo a todas vosotras, a vuestras familias, al Rector Mayor, a nuestros hermanos salesianos, a los grupos de la Familia salesiana, a las comunidades educativas, a cuantos comparten con nosotras el servicio educativo y a todos los jóvenes que acogemos con simpatía y confianza. Sintámonos unidas como Instituto para dar gracias al Señor por la santidad de sor María Troncatti, riqueza para la Iglesia, para el Instituto y para la Familia salesiana. Que Dios os bendiga. Roma, 24 de noviembre 2012 Beatificación de sor María Troncatti Afma. Madre Sor Yvonne Reungoat