MICROCRÉDITO Y POBREZA José Auad Lema(*) Si entendemos que la gente es pobre porque no tiene dinero, resultaría lógico esperar que el microcrédito pueda ser el elemento fundamental no solo para aliviar esa situación sino para superarla. Sin embargo, la pobreza no se expresa solamente por la carencia de dinero, sino sobre todo por la falta de oportunidades de educación, salud, acceso a servicios básicos, acceso a los medios de producción, etc., pero además, hay que entender y aceptar que hay distintos niveles de pobreza, desde aquellos que viven en un estado de indigencia a los que son pequeños propietarios y logran una reproducción simple del capital. Por tanto, ¿podemos esperar que pequeños créditos de corto plazo a tasas relativamente altas, la hagan desaparecer?, con las disculpas del caso, pero ello es esperar que una enfermedad grave se cure tomando aspirina. Por esta razón, resultan injustas esas apreciaciones de que en 25 años del desarrollo de las microfinanzas no se ha logrado nada y por el contrario, se ha empobrecido más a los pobres, porque ahora además de ser pobres son deudores. Como en cualquier análisis toda generalización resulta ser insostenible. Hay que aceptar que el microcrédito entregado a indigentes, sin acompañarlo con un programa integral para el alivio a la pobreza, hará más daño que bien. Pero tiene efectos positivos con aquella gente no tan pobre y, de ellos hay muchísimos casos de éxito. Todo lo descrito considero nos permite entender que el microcrédito es tan solo un instrumento y probablemente no el más importante para eliminar la pobreza, dependiendo del grado de ella. El microcrédito y las microfinanzas, si bien como lo señala una analista económica, son hijas del modelo neoliberal, pero desde mi interpretación, a pesar de esa apreciación descalificadora en el contexto actual, han jugado un rol fundamental dentro un modelo de desarrollo concentrador y excluyente. Pues gracias a las microfinanzas, miles de desempleados han sido capaces de generar su autoempleo, para unos esto ha significado asegurar su sobrevivencia y la de sus familias y en otros casos, probablemente los menos, hayan podido pasar de ser microempresarios a pequeños o medianos empresarios. Por tanto, el microcrédito y las microfinanzas, están envueltas de más luces que sombras. Bolivia es uno de los países líderes en las microfinanzas y se considera que es una industria de exportación. Como no serlo si en nuestro país están las mejores empresas comerciales y entidades sin fines de lucro de microfinanzas de Latinoamérica y el mundo. Es una industria que ha dado pasos importantes, pues ahora estas instituciones han contribuido a que el mercado financiero boliviano sea uno de los más profundos de Latinoamérica, se cuente con redes de agencias por todo el país, se brinden servicios diversificados a través de tecnología adecuada y moderna a favor del sector popular y se hayan logrado economías de escala que ahora permiten tener las tasas de interés más bajas de la región. Sin embargo, hay que reconocer que todavía se puede hacer más. Por ello, la reflexión actual debería dirigirse a cómo hacer que el sistema microfinanciero sea utilizado de manera más eficiente en el nuevo modelo de desarrollo del vivir bien. Un elemento fundamental es que las entidades de microfinanzas no pierdan su razón de ser, es decir, apoyar las iniciativas del sector popular, por ello es que desde la regulación no solo se debe monitorear su desempeño financiero, que hace a su sostenibilidad, sino también su desempeño social, que hace a su reconocimiento en la comunidad y al impacto generado. Actualmente hay herramientas concretas para poder hacer un seguimiento de los dos ámbitos, el financiero y social. He ahí un reto para el Estado y en particular para la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero, pero sobre todo es el reto que deben asumir las instituciones microfinancieras para seguir trabajando a favor del sector popular. (*) Economista tarijeño