La reforma fiscal: IVA o ISR Álvaro Bracamonte Sierra* Después de la del Issste seguirán otras reformas que son igual de necesarias. Saber en cuál concentrarse no es nada trivial sino estratégico para el régimen calderonista. Este Gobierno no puede darse el lujo de comprometer su escaso capital político en reformas cuyo desenlace es impredecible. Si no las concreta en el corto plazo, o peor aún, si sale derrotado entonces daría la sensación de que despilfarró el incipiente impulso adquirido con la inesperada reestructuración del Issste. Un revés sería desastroso y supongo que es lo que menos desean. Resolver qué sigue es una disyuntiva complicada: ¿Es en la reforma energética, o la laboral, o en la reforma integral del Estado o en la fiscal hacia donde deberían ir encaminados los esfuerzos del nuevo Gobierno? Dadas las circunstancias y los avances en materia hacendaria parece claro que es la fiscal la que se abordará en los próximos meses. Indicios de que van por ahí son los acuerdos informales en el Congreso de la Unión. Sabemos que se requiere fortalecer las finanzas públicas del Estado mexicano. Los rezagos sociales se acumulan y no existe capacidad para responder en tiempo y forma. Urge elevar los ingresos fiscales, pero también es impostergable modificar sustancialmente la forma en que se gasta. Una reforma recaudatoria no resuelve la fragilidad financiera del erario público. Esto quedó demostrado justo en el Gobierno foxista que recibió recursos extraordinarios, por varias veces más de lo que se conseguiría al incrementar los impuestos, y todos sabemos que no pasó nada o casi nada. La mayor parte de los ingresos extraordinarios provenientes de la exportación de hidrocarburos se dilapidó en gasto corriente y no sirvió para mitigar la precariedad y menos como fuente de financiamiento para la modernización de la economía nacional. Una reforma interesante deberá contemplar no sólo la revisión de los mecanismos de recaudación sino fundamentalmente las formas de gasto. De otra manera, nunca existirán recursos suficientes para cubrir las crecientes demandas de los grupos vulnerables y para la modernización de la planta productiva. Es, dicho en otras palabras, una especie de barril sin fondo. El aumento en los ingresos del erario se logra a través de dos vías: Gravando el consumo o el ingreso. En el primer caso se trata de los impuestos indirectos, es decir el IVA que se aplica al consumo final. En el segundo, son las deducciones que el fisco aplica a todos los ciudadanos que perciben un ingreso por un empleo registrado por la autoridad hacendaria. En el debate nacional sobre la reforma fiscal se han crispado las posturas entre quienes piensan que los ingresos tributarios deben elevarse a través de incrementar el IVA al consumo o bien elevando el Impuesto Sobre las Rentas (ISR). Los panistas y algunos priístas han considerado que lo óptimo es simplificar el régimen del IVA a fin de tener sólo una tasa aplicada a todos los bienes de consumo incluidos alimentos y medicinas que ahora gozan de tasa cero. Quienes se oponen piensan que lo mejor es centrarse en el ISR debido a que ahí prevalecen privilegios inadmisibles. En un interesante artículo Rogelio Ramírez (Universal, 9 de abril) plantea que la deducciones hechas a los asalariados representaron el 46% de los pagos al ISR, en cambio las empresas sólo el 39%. Esto es contradictorio con la distribución del ingreso entre esos factores: De acuerdo a Inegi, en el 2006 el trabajo recibió el 30% del ingreso nacional y el capital casi el 60%. La justificación de dicho desequilibrio es que las empresas reciben exenciones con el propósito de fomentar las inversiones e incrementar la generación de empleos. No hay evidencia suficiente que avale esas afirmaciones. Es decir, si realmente se quiere hacer un reforma justa se debe considerar que las empresas aporten más al fisco. Esta manera de proceder supondría una revisión de esas facilidades debido a que legalmente les permiten eludir el pago de impuestos. En estos casos se cuenta el trato preferencial que tiene sobre todo la compra y venta de grandes empresas (Banamex por ejemplo) y no necesariamente en la creación de nuevas firmas. Para Ramírez esto se comprueba sólo con ver la lista de empresas que cotizan en la Bolsa Mexicana de Valores para ver que ahora hay menos grandes corporativos que a principios de los noventa. Esto es, no se han creado nuevas empresas ni generado nuevos empleos con las facilidades otorgadas por el fisco.